Continuarás observando cada detalle en su plenitud, tu cerebro establecerá patrones de comportamiento y los corregirá hasta tener uno único y perfecto, sentirás la imagen delante de ti y que no se refleja en los espejos, escucharás el sonido de alguien que no tiene cuerpo, pensarás situaciones inexistentes, desconfiarás de cualquier ser formado por átomos, te recorrerá el mismo escalofrío y realizarás la misma mueca cada vez que observas algo afilado.
Dirás las palabras más generales que puedas decir, callarás las más importantes, ignorarás las más consecuentes, harás lo que sea para no caer, caerás siempre, te levantarás apretando la mandíbula y mirando al frente, caminarás lentamente pero sin pausa, creerás que avanzas, creerás que mejoras, creerás que te acercas al bienestar.
Asentirás con la cabeza y sonreirás, te morderás el labio para que no tiemble, fingirás bostezar para poder llorar, mirarás la mitad de las veces a los ojos, la otra mitad donde no hay nada lo harás de reojo, inclinarás la cabeza a tu derecha para dejar de oír, cerrarás los ojos para dejar de tener tantos estímulos, te clavarás las uñas en la palma para volver a la realidad distorsionada en la que vives y concentrarte, moverás las piernas para poder reaccionar a tiempo y tener los músculos preparados, mantendrás tu respiración continua sin mover el pecho para no demostrar ninguna muestra de pavor...
Aunque ignores todo esto, aunque decidas quitarle importancia, aunque convivas con ello cada día, sabes lo que hay, sabes por qué está, sabes por qué actúas así.
Aunque lo ignores, sencillamente lo sabes.
Sabes por qué optas por ignorar, ¿verdad?
Por supuesto que sabes el origen de tu ignorancia obligada.